jueves, 22 de junio de 2017

"EL MISTI" de Zulma Martinez


Al llegar a Arequipa Ricardo se encontró con una ciudad blanca, un frío insoportable y la imponencia de los volcanes nevados como queriendo pronosticar algo. No muy lejos de allí se encontraba el Cañón del Colca donde pastoreaban llamas y vicuñas y algún ave majestuosa habría de planear sobre precipicios. Ese día el aire serpenteaba de manera vertiginosa cual saeta milenaria, la humedad se impregnaba en la ropa, y un leve olor a añejeces reverberaba por las calles en un ambiente de nostálgica evocación.

Camino a la Plaza de Armas, halló a un anciano encorvado que con sus escasos dientes sonreía a cada rato. Olía a almizque, tenía la ropa sucia y raída y los zapatos acabados. Caminaba ligero y hablaba con una prudencia y elocuencia que conmovió al viajero.

    - Perdón me presento, gentil caballero. Yo soy el misti, muy famoso en esta, la blanca ciudad. Si me lo permite puedo guiarlo en su recorrido. No se vaya a asustar. Mi apariencia no es la mejor. Estoy viejo y curtido por el viento, pero no soy malo. No lo voy a robar. Yo soy un hombre humilde, pero no tengo necesidad de eso…los que roban son otros…Por cierto,  si aún no ha hecho compras, le recomiendo el mercado o las afueras de la Iglesia San Francisco. Allí venden los  chuyos de alpaca más baratos, porque esos ladrones son capaces de sacarle un ojo de la cara por cualquier baratija. Aquí donde me ve, soy un guía excelente. Conozco esta ciudad como la palma de mi mano – decía el anciano a medida que se dirigían a la catedral.

- Esta bien, pero dígame ¿qué significa misti? - atinó  a decir el viajero.
- Míreme, pero míreme muy bien y luego mire atrás, ese volcán nevado, detrás de la iglesia. ¿Nota algo parecido?

Ricardo se quedó callado. No atinaba a decir nada. ¿Qué parecido podría tener ese anciano con un nevado que casi no podía distinguir por la neblina?
El viejo rompió el silencio y empezó a hablar con una voz impetuosa que contagió todo su ser, hasta dejó de encorvarse, su rostro se iluminó y sus ojos se tornaron de un brillo inusual.

-          El  misti, querido caballero, significa “señor” en quechua. Yo soy todo un señor como el volcán  de Arequipa. ¿No ve esa imponencia? Su presencia atemoriza. Es grande y fuerte. Nadie puede con él, como nadie puede conmigo, ni siquiera los chilenos, ni el mismísimo diablo…ja, ja, ja.

El viejo soltó una carcajada, pero ninguno de los concurrentes de la plaza de armas volteó a mirar.

-              A mi,  la virgencia de Chapi y el santísimo me protegen porque fíjese que tengo una casita por allá, cerca de Santa Catalina, pero mis  parientes, que quieren quedarse con ella me han hecho brujería. Ya voy a perderla y, para colmo, estoy muy pero muy enfermo. ¿No ve lo seco que estoy? Eso es cosa seria amiguito. Dios los libre de tanta brujería y hechicería que anda rondando en estos tiempos.

En ese momento le  hecho una bendición a Ricardo de una manera ceremonial mientras rezaba el padre nuestro en quechua.

En medio de una que otra anécdota, Ricardo se dejó llevar por los pasos del anciano y, sin pensarlo, ya estaban dentro de la Catedral. Le llamó la atención la precisión con que este le narraba algunos sucesos de Arequipa, datos históricos alusivos a la construcción de la ciudad y en particular de la iglesia. Allí le hizo un recorrido por todos los santos que se posaban cual estatuas imponentes y  mostraban cierto hálito espectral en medio de cánticos celestiales y ambientes barrocos. Al pasar por virgen de Chapi no vaciló en sus recomendaciones:

-         Esta virgencita es milagrosa…todo el que le pide con fervor, recibe sus favores. Muchos viajeros han venido desde lejos a agradecerle luego de ver cumplidas sus peticiones. Si usted pide con total entrega, ella lo escucha amiguito…Yo ya lo hice y por eso tengo fe de que me voy a recuperar…lo mismo le he pedido al Santísimo Jesucristo…Ellos me oyen y yo se que esta batalla la gano. No me voy a dejar vencer, ni más faltaba, si yo soy el misti. 

Siguiendo con sus explicaciones de cada uno de los santos y de las partes de la iglesia, se detuvo por un instante en una escultura que había en un rincón del lado izquierdo del atrio derecha y de inmediato empezó a darle golpes, empleando la gorra raída que se había quitado. La figura de madera que estaba en la base era un tanto confusa, pero al observarla de cerca, se distinguía un diablo con la cola enroscada, tridente puntiagudo y risa macabra. El anciano, que alardeaba de alto conocimiento de todos los recodos de Arequipa, no habría de ser indiferente ante los mínimos detalles de la iglesia, menos aún de la endemoniada presencia que habitaba en el sacro lugar. Vociferó contra el diablo y luego, cuando se calmó, pronunció unas cuantas oraciones, algunas en quechua y luego siguió erguido, como si nada hubiese pasado. Una paz invadió su rostro y en ese momento, Ricardo sintió compasión por el anciano.

A medida que pasaba el tiempo fueron recorriendo las céntricas calles de Arequipa, el barrio judío, el puente Bolognesi y algunos recodos del río Chilli, lugares donde el anciano se detenía a explicarle datos históricos o a mencionarle personas o sucesos importantes para la ciudad, hasta que oscureció. Y fue entonces cuando algo extraño empezó a suceder: ya no coordinaba las palabras, veía demonios a su paso y no hacía sino implorar por agua bendita, que le llevaran lirios a su tumba regados con agua bendita de la catedral. Atinó tan sólo a dar algunas indicaciones del lugar donde quedaba su casa para que lo visitaran al otro día y se perdió entre los árboles que bordeaban el río.

Al otro día, Ricardo se levantó muy temprano. Estaba consternado por el suceso y no vaciló en dirigirse a la casa del anciano que quedaba ubicada en un barrio pobre con construcciones antiguas y callejones estrechos, no le costó trabajo ubicar la casa; a pesar del desvarío del anciano las indicaciones fueron muy precisas. Justo detrás de un mercado se encontraba una casa vieja de color verde, casi a punto de caer. Golpeó a la puerta y de inmediato se escucharon a los lejos los ladridos de los perros. Después de unos minutos una señora gorda, sucia, desaliñada y sin dientes apareció. Cuando Ricardo preguntó por el misti, la señora se hecho a reir, le dijo que estaba muerto y empezó a proferir toda serie de improperios contra el anciano al que tildaba de infame desgraciado, miserable, gusano asqueroso, zorrino, kansa, apansaka y otras palabras en quechua que el viajero no entendió.

En medio del desconcierto, Ricardo le explicó lo sucedido el día anterior y le rogó que le mostrara al menos una foto para comprobar que se trataba del mismo hombre. La señora, que era la cuñada del misti, accedió a regañadientes a su petición y al poco tiempo salió de un cuarto trayendo consigo una papel endeble y arrugado. Cuál sería la sorpresa del viajero cuando al ver la foto reconoció al mismo hombre viejo, ajado por el viento, con una sonrisa que le pareció macabra. Lo más impresionante era que tenía la misma ropa sucia del día anterior.

-          Ese miserable murió hace seis meses ¡qué alivio! No teníamos paz de tantos gritos en la noche y si aún no me cree, vaya al cementerio.

La mujer no terminó de hablar cuando Ricardo salió despavorido de la casa. No hacía otra cosa que correr, como si el espíritu del misti lo siguiera por esas calles estrechas que se perdían en la hondonada, hasta que al fin se detuvo, justo en la catedral. En ese momento, pudo divisar el volcán imponente. En medio de su confusión, su mente se aclaró, ya estaba entendiendo: finalmente los parientes del anciano lo habían matado a punta de hechicería. 

En la tarde arequipeña cinco lirios regados con agua bendita del catedral se posaban alegres sobre la humilde tumba del misti. Ahora podía descansar en paz.